Todos sabemos de corazones. Conocemos lo necios que se ponen cuando vivimos la furia o somos presa de una desilusión.Se achican y se descomponen hasta que sólo el tiempo logra reparar los daños de las arritmias o estirar los tejidos. Tampoco nos queda difícil rastrear los latidos que otros ofrecen por el camino, esas delicadas pulsaciones que se escuchan en las sincronías de cada unión. Sabemos que todo corazón carga sus placeres pero también sus machucones y que cuando duelen, duelen.

Cuando el brillo de lo invisible desaparece, el fin se presenta como suceso inexorable. Por un momento la invadió el miedo, recordando los incontables momentos felices que con él había compartido. Su respiración acaba de normalizarse cuando se volvió a agitar, pensando en que ya no se meterían juntos en la cama. No sentiría esa incertidumbre, llena de agradable ingenuidad, al esperar un momento apasionado. Ni sentiría el ambiente caldeándose antes de que se produjera.Tampoco más cosquilleos profundos y placenteros que la recorrían internamente cuando se besaban. Ni escalofríos de placer al contemplarlas al día siguiente. Ni la plenitud y la paz de sentirse cosida a él por un hilo invisible. Ya no había esperanza en que pudieran compartir sus vidas de un modo completo.

¿Qué es lo que marca el fin de una relación?.

El principio de una nueva, comprendió. Una nueva relación con ella misma y con el mundo. Una nueva etapa en su vida, en la que volvería a encontrar el amor. ¿Por qué no?.

No es que haya encontrado consuelo. Es que revivir el dolor, plasmarlo en palabras, ayuda a sanar. Creo firmemente en el poder catártico del arte.
Leer para encontrarse (sin haberse buscado)”, “Leer para estar articulado”, “Leer para no dejar que los cadáveres descansen en paz”. “Leer por amor”. “Leer por odio”, “Leer para pasar la mitad del libro”, “Leer por títulos”, “Leer para dejar de ser la reina de Inglaterra”, “Leer para masturbarse”, “Leer para contradecirse”, “Leer para guardar las formas”, “Leer para aprender”, “Leer por consolarse”, “Leer para descubrir lo que el autor no ha dicho
Pero miedo es miedo y nos persigue desde el primer respiro. Cada quien le cree, lo venera o le obedece. Cada quien deja que se apropie de cuerpo, casa, calle y ciudad. El miedo corta la respiración, ataca la vida y enferma. Paraliza. Y es así como se adjudica el derecho a engullir vidas, sonrisas y bienestares. Se adueña de sueños, deseos y posibilidades. Hace desaparecer la magia y las casualidades. Devorador imparable. El miedo como único enemigo de un mejor futuro, merece el destierro.
Ahí, sin esfuerzo en la mitad de lo exhausto, es cuando mirar por la ventana, apreciar una nube, sentir la lluvia y llorar un poco alivian la existencia. También contribuye un pensamiento de gratitud, pero no hay más que hacer sino fluir con este sentimiento mezclado de insanidad y certeza de que el oficio del destino es destrabar los rumbos. Sin duda respirar profundo viene bien, pero, tal vez, lo mejor es un suspiro, un solo suspiro.

De amores todos sabemos. Vamos, regresamos, dejamos ir y con o sin recelo se va repartiendo el corazón. Hay amores dulces que surgen sin avisar y otros que, amarrados a las patas de las camas, no conocen las despedidas de amor. Los hay tan ciertos que no tienen un por qué o, hay otros, más egoístas que se enconan aún cuando se les desaloje los sábados.

Amor es lo que se ofrece cuando se cierran los ojos para que, en la confusión de una madrugada, nos recorran las corrientes de lo que somos; esas cascadas que invaden la espina dorsal y que dejan abiertas las ventanas de un corazón en paz y ligero. Por eso, cuando llegan los amores sólo hay que respirar profundo y dar gracias por estar vivo. Quietud profunda para dar a otros todos los amores mezclados y fuera del matiz de la moralidad.

Pero, tal vez sirve más no agitarse demasiado, ni salir a comprar la inconsciencia. Sirve más andar lento, valorar la sencillez y optar por el camino del medio. Sirve andar contento además de agradecido y, por qué no, reconocer que con los afanes de los días no llegaremos lejos. Ir despacio es abrir los ojos para observar con calma otras manos, el bullicio de la plaza y los afanes. Es esperar lo que ha de llegar antes de que se manifieste o invitar a la delicadeza para escuchar el cambio sutil de las relaciones, de los momentos y de los poderes
Del afán no queda sino el cansancio, dice el dicho, que de caprichoso tiene poco. Viene acompañado de justificadas ambiciones por llegar primero, por ganarle al vecino, por ser más sabio, menos inútil, menos feo, más atractivo y más espiritual. Milenario aliado del ego, el afán trae las incomodidades de cualquier enfermedad que nos impide andar o la reiterada preocupación por una arruga que llega para quedarse. El afán acelera la respiración, agita el latido de los corazones y espanta la escucha del cuerpo. Es justo ese consejero que no debemos contratar cuando nos jugamos la vida en las decisiones profesionales o en los encuentros de la sensatez y de los besos.
Libre de futuros, cada minuto es frágil y cada segundo rebelde. La libertad última es esa donde lo efímero es eterno, la existencia es atención y el tiempo un imaginario. Con o sin falsos profetas, al mundo lo vamos matando poco a poco y porque sí.